Ojos negros en Lampedusa

FUENTE EL MUNDO FOTO AFPSi uno ha visto esos ojos, no los olvida jamás. En ellos, incluso en los de aquellos que lograron cruzar, hay un abismo del que no puede imaginarse el fondo, cuando uno no ha vivido lo que vivieron sus propietarios. Son ojos oscuros, casi negros, y miran de frente y en un silencio tozudo, como no queriendo contar lo que han visto. Porque nadie puede remediarlo, y porque de nada sirve hablarle del dolor a quien no lo padeció en carne propia, a quien no conoce de primera mano su dentellada.

A quien ahora trata de asimilar lo ocurrido en la isla italiana de Lampedusa, esos ojos negros y sin esperanza le miraron algunos años atrás en una pequeña isla española, Las Palomas, en la punta meridional de Tarifa. Era una luminosa mañana de verano, después de una madrugada serena que varias pateras habían aprovechado para cruzar la raya del oprobio; esa invisible y fatídica espina dorsal que recorre y divide en dos el Mediterráneo. Esa vez hubo suerte; las aguas del Estrecho no estaban sedientas de muerte y todos pasaron sanos y salvos al otro lado. En las salas del centro de acogida de inmigrantes de Las Palomas se apiñaban una veintena de mujeres y otros tantos varones. También había media docena de niños pequeños.
Todos tenían esos ojos y esa mirada, incluso los más inocentes; pero ninguno como la mujer que con un bebé en brazos, sentada sobre una colchoneta en el suelo y vencida contra una pared, escuchaba a aquel blanco que en inglés trataba de confortarla haciéndole ver que lo peor había pasado. Ella y su hijo habían sobrevivido al peligro de la travesía y ahora, ya del otro lado, no tenían nada que temer, le dijo. La expulsión que le notificarían en cuanto le denegaran el asilo político que prácticamente todos pedían, diciéndose provenientes de Sierra Leona o cualquier otro país en guerra, no era más que un papel, una mera diligencia administrativa que no iba a mandarla de vuelta a África, una vez que había logrado poner pie en Europa.
Aquella mujer no sonrió, no dijo absolutamente nada, no perdió ni por un instante la mirada densa e insondable. Con el tiempo, el blanco entendió que lo que esa mujer había dejado atrás, durante el camino en el que, entre otras cosas, había concebido a su hijo, era una herida irreparable. Y que lo que le esperaba en España, en manos de alguna mafia, posiblemente organizada por compatriotas, pero bien engrasada con el dinero que se gastan con regularidad honrados ciudadanos españoles, no era mejor. Muchas veces se ha acordado de aquella mujer (y de su hijo), el europeo que trató tan vanamente de consolarla aquella mañana en la isla de las Palomas. Dónde estarán ahora. Qué probabilidades hay de que ella haya vuelto a sonreír.
No tiene orillas el espanto de Lampedusa, que avergüenza al mundo pero sobre todo avergüenza a la Europa que cruzó en otro tiempo a África con consignas civilizadoras y protectoras, que encomendó aquella tarea a capataces pertrechados con una pasmosa soltura para olvidarse de aquellos hermosos principios y que ahora deja ahogarse a sus puertas a quienes desean compartir los beneficios de esa superior civilización que en su día les vendieron. 300 vidas borradas de un solo golpe, ante la mirada de un país y de un continente agarrotados entre sus declaraciones ampulosas y sus acciones cada vez más angostas, representan una catástrofe que no se deja delimitar.
De todo el horror, sin embargo, emergen esos ojos. Los recuerda un miembro de los equipos de salvamento, de una mujer que se le escurrió y que ya exhausta se fue al fondo sin dejar de mirarle con esa pesadumbre resignada e infinita. De Las Palomas a Lampedusa el Mediterráneo es una fosa a la que una y otra vez se precipitan esos ojos negros y mudos, y donde con cada uno de ellos se hunde sin remedio nuestra decencia.
Fuente: El Mundo
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